Canal 8 - Noticias
MÚSICA | 05 de Mayo de 2026

Totó la Momposina y la consagración de nuestras raíces

Más que una intérprete, Totó es una institución viva del folclor latinoamericano. Su figura trasciende el mero espectáculo para erigirse como la guardiana absoluta de la memoria ancestral de Colombia.


A través de la cumbia, el bullerengue, la chalupa y el mapalé, su trayectoria nos recuerda que la música es el documento histórico más fiel de los pueblos.

Nacida en el corazón de la Depresión Momposina, en Talaigua Nuevo (Bolívar), Totó creció arrullada por un entorno donde la historia viva se palpaba en el aire. En esta región convergieron, como en un crisol perfecto, las flautas y gaitas de los indígenas, el repique profundo de los tambores africanos y la lírica heredada de los españoles. Lejos de buscar las tendencias efímeras de la industria, Totó dedicó su juventud a recorrer los pueblos ribereños, investigando, recopilando y absorbiendo los cantos de las lavanderas, los pescadores y los abuelos. Su obra es, en esencia, un trabajo antropológico cantado a pie descalzo.

La historia de la internacionalización del folclor colombiano tiene un punto de inflexión imborrable: diciembre de 1982. Cuando Gabriel García Márquez viajó a Suecia para recibir el Premio Nobel de Literatura, entendió que sus letras necesitaban el respaldo del sonido de su tierra. Allí, en el frío y solemne escenario de Estocolmo, Totó la Momposina y sus tamboreros irrumpieron con una fuerza telúrica, desatando la cadencia de la cumbia ante los ojos del mundo. Aquella presentación no solo legitimó nuestra música tradicional en las altas esferas globales, sino que le otorgó a la identidad afrocolombiana y campesina un lugar de honor en la historia del arte contemporáneo.

El impacto discográfico de Totó, cristalizado en joyas como La Candela Viva (1993) o Carmelina (1995), demostró que la música de raíz no necesita modernizarse artificialmente para ser universal. En tiempos donde la globalización amenazaba con estandarizar los ritmos y diluir las identidades locales, su voz áspera, profunda y cargada de lamento y celebración funcionó como un acto de resistencia cultural. Ella le enseñó a las nuevas generaciones de músicos —quienes hoy fusionan la electrónica con la gaita— que para mirar hacia el futuro con éxito, primero hay que tener las raíces profundamente ancladas en la tierra.